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miércoles, 16 de octubre de 2013

Líneas de teléfonos


Compartimos con vosotros el cortometraje argentino Líneas de teléfonos (Marcelo Brigante, 1996) y a continuación algo de historia. Os recomendamos que primero veáis el vídeo y luego leáis el texto.








El vídeo, que ya habréis visto, es bello y sobrecogedor, es poesía y denuncia, habla de amor y de muerte, o de algo incluso peor que la muerte: la desaparición absoluta. Vayamos al recorrido histórico -para lo que el corto casi era una excusa*

El 24 de marzo de 1976 la Junta de Comandantes en Jefe (integrada por el general Jorge Rafael Videla, el brigadier Orlando Ramón Agosti y el almirante Emilio Eduardo Massera) destituyó al Gobierno de Isabelita Perón –segunda mujer de Juan Domingo Perón, líder del partido justicialista y para esta fecha ya fallecido– poniendo en marcha el denominado Proceso de Reorganización Nacional (o, sencillamente, el Proceso), un período de ocho años -1976 a 1983- en que Argentina vivió bajo el terrorismo de Estado, del que las palabras del general Manuel Ibérico Saint Jean dan una idea ajustada: Primero eliminaremos a los subversivos, después a sus cómplices, más tarde a sus simpatizantes y, finalmente, a los indiferentes y a los tibios. (Salinas, 1999)
Según el Informe Nunca Más (o Informe Sabato, por ser el escritor Ernesto Sabato el presidente de la comisión de investigación que lo elaboró), en Argentina el mínimo de desaparecidos -donde el mínimo son los casos absolutamente demostrados- fue de 8.961 personas, siendo el 70% hombres y el 30 % mujeres, de las cuales un 3% estaban embarazadas. De estas personas, el 88,12 % tenían entre 16 y 40 años en el momento de su desaparición, el 9,57 % de 40 a 65, un 1,62 % tenía entre 0 y 15 años y el 0,66 % más de 66. Según profesiones, los desaparecidos sobre los que se ha podido recopilar información estaban divididos en:

Obreros…30,2 %
Estudiantes… 21 %
Empleados… 17,9 %
Profesionales… 10,7 %
Docentes… 5,7 %
Autónomos y diversos… 5 %
Amas de casa… 3,8 %
Personal de fuerzas de seguridad… 2,5 %
Periodistas… 1,6 %
Artistas… 1,3 %
Religiosos… 0,3 %

De estas cifras se desprende que la mayoría de los desaparecidos eran personas jóvenes, y potencialmente tendentes a una postura ideológica “de izquierdas” (obreros, estudiantes, docentes, artistas… y téngase en cuenta la relatividad de las cifras, dado que el número de artistas de una sociedad es siempre menor que el de empleados). Además, entre los miles de detenidos, un 62 % lo fueron en su domicilio ante testigos (otros miembros de la familia casi siempre), un 24,6 % en la vía pública, el 7 % en su lugar de trabajo, el 6 % en el de estudio y el 0,4 % desapareció en dependencias policiales o del ejército tras estar legalmente detenidos. Os dejamos a continuación algunas contundentes líneas del prólogo del Informe Sabato, pues darán humanidad a las cifras:

De la enorme documentación recogida por nosotros se infiere que los derechos humanos fueron violados en forma orgánica y estatal por la represión de las Fuerzas Armadas. (...)¿Cómo no atribuirlo a una metodología del terror planificada por los altos mandos? ¿Cómo podrían haber sido cometidos por perversos que actuaban por su sola cuenta bajo un régimen rigurosamente militar, con todos los poderes y medios de información que esto supone? ¿Cómo puede hablarse de «excesos individuales»? De nuestra información surge que esta tecnología del infierno fue llevada a cabo por sádicos pero regimentados ejecutores.
Los operativos de secuestro manifestaban la precisa organización, a veces en los lugares de trabajo de los señalados, otras en plena calle y a la luz del día, mediante procedimientos ostensibles de las fuerzas de seguridad que ordenaban «zona libre» a las comisarías correspondientes. Cuando la víctima era buscada de noche en su propia casa, comandos armados rodeaban la manzana y entraban por la fuerza, aterrorizaban a padres y niños, a menudo amordazándolos y obligándolos a presenciar los hechos, se apoderaban de la persona buscada, la golpeaban brutalmente, la encapuchaban y finalmente la arrastraban a los autos o camiones, mientras el resto de comando casi siempre destruía o robaba lo que era transportable. De ahí se partía hacia el antro en cuya puerta podría haber inscritas las mismas palabras que Dante leyó en los portales del infierno: «Abandonad toda esperanza, los que entráis».
De este modo, en nombre de la seguridad nacional, miles y miles de seres humanos, generalmente jóvenes y hasta adolescentes, pasaron a integrar una categoría tétrica y fantasmal: la de los Desaparecidos. Palabra - ¡triste privilegio argentino! - que hoy se escribe en castellano en toda la prensa del mundo.
Arrebatados por la fuerza, dejaron de tener presencia civil. ¿Quiénes exactamente los habían secuestrado? ¿Por qué? ¿Dónde estaban? No se tenía respuesta precisa a estos interrogantes: las autoridades no habían oído hablar de ellos, las cárceles no los tenían en sus celdas, la justicia los desconocía y los habeas corpus sólo tenían por contestación el silencio. En torno de ellos crecía un ominoso silencio. Nunca un secuestrador arrestado, jamás un lugar de detención clandestino individualizado, nunca la noticia de una sanción a los culpables de los delitos. Así transcurrían días, semanas, meses, años de incertidumbres y dolor de padres, madres e hijos, todos pendientes de rumores, debatiéndose entre desesperadas expectativas, de gestiones innumerables e inútiles, de ruegos a influyentes, a oficiales de alguna fuerza armada que alguien les recomendaba, a obispos y capellanes, a comisarios. La respuesta era siempre negativa. 
En cuanto a la sociedad, iba arraigándose la idea de la desprotección, el oscuro temor de que cualquiera, por inocente que fuese, pudiese caer en aquella infinita caza de brujas, apoderándose de unos el miedo sobrecogedor y de otros una tendencia consciente o inconsciente a justificar el horror: «Por algo será», se murmuraba en voz baja, como queriendo así propiciar a los terribles e inescrutables dioses, mirando como apestados a los hijos o padres del desaparecido. Sentimientos sin embargo vacilantes, porque se sabía de tantos que habían sido tragados por aquel abismo sin fondo sin ser culpables de nada; porque la lucha contra los «subversivos», con la tendencia que tiene toda caza de brujas o de endemoniados, se había convertido en una represión demencialmente generalizada, porque el epíteto de subversivo tenía un alcance tan vasto como imprevisible. (...) 
Desde el momento del secuestro, la víctima perdía todos los derechos; privada de toda comunicación con el mundo exterior, confinada en lugares desconocidos, sometida a suplicios infernales, ignorante de su destino mediato o inmediato, susceptible de ser arrojada al río o al mar, con bloques de cemento en sus pies, o reducida a cenizas; seres que sin embargo no eran cosas, sino que conservaban atributos de la criatura humana: la sensibilidad para el tormento, la memoria de su madre o de su hijo o de su mujer, la infinita vergüenza por la violación en público; seres no sólo poseídos por esa infinita angustia y ese supremo pavor, sino, y quizás por eso mismo, guardando en algún rincón de su alma alguna descabellada esperanza. 
De estos desamparados, muchos de ellos apenas adolescentes, de estos abandonados por el mundo hemos podido constatar cerca de nueve mil. Pero tenemos todas las razones para suponer una cifra más alta, porque muchas familias vacilaron en denunciar los secuestros por temor a represalias. Y aun vacilan, por temor a un resurgimiento de estas fuerzas del mal. (...)  
Las grandes calamidades son siempre aleccionadoras, y sin duda el más terrible drama que en toda su historia sufrió la Nación durante el periodo que duró la dictadura militar iniciada en marzo de 1976 servirá para hacernos comprender que únicamente la democracia es capaz de preservar a un pueblo de semejante horror, que sólo ella puede mantener y salvar los sagrados y esenciales derechos de la criatura humana. Únicamente así podremos estar seguros de que NUNCA MÁS en nuestra patria se repetirán hechos que nos han hecho trágicamente famosos en el mundo civilizado.


La derrota de Argentina en las Malvinas supuso el final de la dictadura militar. Raúl Alfonsín asumía la presidencia el 10 de diciembre de 1983 y al poco llevaba  a los comandantes de la Junta Militar ante los tribunales. Se produjeron condenas en 1985 y años posteriores, que serían no obstante indultadas bajo la presidencia de Carlos Saúl Menem -elegido en mayo de 1989- en las conocidas como leyes de impunidad.
Por suerte, el 15 de junio de 2006 la Cámara de Casación Penal, máximo tribunal penal de Argentina, consideró que los indultos concedidos en delitos de lesa humanidad eran inconstitucionales, y el 31 de agosto de 2010 la Corte Suprema de Justicia confirmó sentencias de tribunales inferiores, dictando que los indultos no fueron constitucionales y las condenas que anularon debían ser cumplidas. 


Para acabar con este pequeño homenaje a las víctimas del Proceso, os dejamos los versos de Mario Benedetti, en su poema "Desaparecidos":

Están en algún sitio / concertados
desconcertados / sordos

buscándose / buscándonos

bloqueados por los signos y las dudas

contemplando las verjas de las plazas
los timbres de las puertas / las viejas azoteas
ordenando sus sueños sus olvidos
quizá convalecientes de su muerte privada


nadie les ha explicado con certeza

si ya se fueron o si no

si son pancartas o temblores

sobrevivientes o responsos
ven pasar árboles y pájaros

e ignoran a qué sombra pertenecen


cuando empezaron a desaparecer

hace tres cinco siete ceremonias

a desaparecer como sin sangre

como sin rostro y sin motivo
vieron por la ventana de su ausencia
lo que quedaba atrás / ese andamiaje
de abrazos cielo y humo

cuando empezaron a desaparecer

como el oasis en los espejismos

a desaparecer sin últimas palabras

tenían en sus manos los trocitos
de cosas que querían


están en algún sitio / nube o tumba

están en algún sitio / estoy seguro

allá en el sur del alma

es posible que hayan extraviado la brújula
y hoy vaguen preguntando preguntando
dónde carajo queda el buen amor
porque vienen del odio.



Saludos





*Hemos seguido principalmente el manual de Joan del Alcàzar, Nuria Tabanera, Josep M. Santacreu i Antoni Marimon Historia Contemporánea de América (Universitat de València, 2013)

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