Porque el saber no muere, sino inspira...
¡Oh, musas, despertad ahora! ¡No nos abandonéis aún!

jueves, 24 de enero de 2019

No a todos place

(Cualquier parecido de esta historia con la realidad biográfica de su autor debe ser desestimada o tomada por prueba de su total ausencia de veracidad)


  Adiós para siempre, cannabis. Nunca fuimos más que conocidos, de los que se encuentran ocasionalmente en alguna reunión entre amigos; algunos son amigos tuyos, otros lo son míos. Nos conocemos de vista e intercambiamos algunas palabras. Ya me había sentado mal en un par de ocasiones las ideas que metiste en mi cabeza, pero siempre creía poder tratar contigo, si la ocasión volvía a presentarse, cambiando nuestro tema de conversación.


  Anoche y para bien, me di cuenta de que, como suele pasar con la gente, tú eres tú. Creer que puedo sacar algo positivo de tu trato es engañarme a mí mismo. Tras un ataque de tos –aquel fue un golpe bajo pues sabías bien que el mismo te dejaría todo el tiempo de discurso- empecé a darme cuenta de que me habías atrapado, una vez más. Tuve la estúpida confianza en que no fuese tan malo como la última ocasión. Fue mucho peor. Me largué de la casa en la que estaba pues mi acompañante se comportaba de una manera extraña: deseaba que no me fuese, me lo imploraba en distintos idiomas, tenía una sospechosa manera de no dejarme salir de su casa… como haría un lobo con un cordero. Todo eso, por supuesto, debió formar parte de tu magia, pero era un show al que yo no deseaba asistir. 

  Una vez en la calle, debo decir que le debo mi preciada vida a mi yo animal –ese que no habría calado del porro de haber estado al mando unos minutos atrás. Él me llenó la boca con un sobre de azúcar que recordaba haber guardado en el bolsillo, en alguna vida pasada. Desató la bici en una increíble maniobra de precisión que mi otro yo, el estúpido que quiso conversar contigo una vez más, jamás podría haberse permitido llevar a cabo. Me obligó a hablarme a mí mismo, a correr un poco, a parar en los semáforos en rojo y a mirar la distancia a la que venían los coches, potenciales amenazas. Me susurró desde algún lejano lugar que debía ir a casa de mis padres y no a la mía propia, no sólo por quedar aquella más cerca, sino porque realmente desconocía la gravedad de mi estado. 

  Mientras mi animal sagrado me salvaba el culo, yo observaba a un duende horrendo decrecer mientras caminaba a varios metros de mí. Una calle me parecía corta y de pronto larga como una pradera. Un movimiento lateral de cabeza me hacía creer que había cambiado de paisaje, de ciudad, de mundo. Cuando mi colocado ser se daba cuenta de que, efectivamente, estaba acercándose a casa de sus padres, se sorprendía pensando que quizás consiguiese salir de ésa. Fui –fue- capaz de llamar a mis congéneres con el móvil, luego al telefonillo, atar la bicicleta, explicarles lo que sucedía. Mi otro yo, el que atrapado dentro hacía frente al torbellino de pensamientos, desesperaba, pues no se reconocía en el ser superviviente que hablaba con mis padres, ni sentía la humedad del líquido que bebía, ni notaba la náusea al intentar provocarse el vómito. Era difícil distinguir realidad de ficción, pues aquella llegaba como en borrosos recuerdos, sin sensaciones presentes y palpables.
  
  Así me vi en el coche con mi viejo al volante, unas 140 pulsaciones. Hablando, sí, pero creyendo a la vez que quizás habría matado a la mujer que me dio de fumar, dado que no era capaz de saber si lo que creía que había sucedido era real o una creación hilada a posteriori por mi mente. Imagine de pronto mi ropa blanca y ensangrentada. Mis ojos me informaron de que era negra y estaba limpia. Menos mal.

  Ya en el hospital el superviviente respondía mejor que peor a las preguntas del médico, mientras mi otro yo le agregaba información innecesaria o repetida. ‘Presenta verborrea’, escribió el irritado doctor en su parte.

  Una vía en la mano. Una enfermera preciosa (siempre tengo esa suerte). La aguja la pude notar con inusitado detalle; el tiempo se dilató para concederme la gracia de sentir cómo el metal se introducía en mi vena y avanzaba trabajosamente por su interior. Me quejé poco, pues pese a mi color amarillo y mi estúpida charla quería dejar buena impresión en la joven. También me dieron, ahora recuerdo, un par de pastillas, y fui a mear un par de veces. Me iba encontrando mejor, más soñoliento, pero aún rajaba sin parar sobre la miríada de percepciones y faltas de las mismas que me habían recorrido, y no podía dejar de mover mis pies con ritmo balcánico. Me percaté de que las posibilidades de que mi vida tuviese tan estúpido final habían caído en picado, pues había llegado a un hospital y sido medicado. Me sentía orgulloso de mi tótem, el animal sagrado que se había encargado de todo mientras Yo me debatía en alguna sala de mi interior, desesperado por tratar de sentir como normalmente sentimos los actos de respirar, beber, hablar, latir.

  Todo estaba pasando, finalmente. Noté como las imágenes de dos cerebros que hasta ahora solo se tocaban por los extremos se superponían una sobre la otra hasta formar uno solo. Moví mi brazo conscientemente, como un director de orquesta, disfrutando de la sensación de querer hacer algo y verlo hecho con Todo mi yo; mis dos yoes actuando al unísono. Ya estaba. Era el final de esa pesadilla. ‘Psicosis por cannabinoides’, dejó escrito el doctor. 

 Me despedí mentalmente de la hormiga que paseaba por el suelo, que aún hoy creo real.

martes, 1 de enero de 2019

El idioma de la cultura


   La cultura es un idioma, un lenguaje. Crea y es conformada por vocabulario, gramáticas, usos. Sin un hábito y disfrute de la misma es complejo entenderla cuando la escuchas o la lees; mucho más lo es hablarla. Hay películas que no pueden asimilarse sin una cierta cultura, así como letras de canciones y, por supuesto, libros; desconocido el vocabulario, carecen de sentido. Me doy así cuenta de que la cultura es como cualquier otro idioma. De ser un código no compartido, puede separar a personas que, de otra manera, podrían entenderse con su lenguaje habitual: crea una especie de niebla entre ellas, incomprensión; hace aburrida o infructuosa la comunicación. Por el contrario, individuos cuya habla empezó a distanciarse en Babel hallarán, si han aprendido el lenguaje de la cultura, que tienen gran interés en lo que el otro pueda decir.

Librería de Liverpool. Interior (fotografía del autor)

miércoles, 19 de diciembre de 2018

El error

  
Cst andaba por el asfalto para esquivar los coches mal aparcados y la mayoría de botellas rotas. Iba fijándose en el suelo por si encontraba algún billete y para evitar las minúsculas particulas de agua que le harían parpadear a cada momento. Las luces de las vías del tren, diez metros más arriba, servían para apartar la general oscuridad. Cst no estaba preocupado por las sombras entre los coches y tras los salientes de los muros, pues recorría esas calles cada día y contaba con la tranquilidad que da la costumbre. Ese fue su segundo error.

Fotografía del autor. Birmingham
  Nada más girar para adentrarse bajo uno de los enormes arcos de ladrillo que evitaban el paso de toda luz, y justo cuando pensaba en qué trabajo preferiría tener en lugar de aquel al que se dirigía, algo le golpeó en el pecho con la fuerza de un saco de harina lanzado a propósito. Si alguna vez no ves venir un saco de harina contra tu pecho sabrás de qué estoy hablando. 
  
  Cst se dobló un tanto expulsando más aire del que llevaba dentro -quedaba, así, como en deuda; otra más-, trastabilló hacia atrás dos pasos, alzó la vista con la mayor cara de tonto que se haya visto desde Claudio y, sólo cuando vio al enorme canguro con sus guantes de diez onzas crujir las cervicales y enseñar los dientes por su izquierda, se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. 

  Fue en ese momento cuando una neutra voz interior le dijo, entre los pinchazos de dolor en el esternón y los más antiguos gritos de 'huye', 'corre' y 'sube a un árbol', que acostarse con Jenny Canguro, hija del famoso tricampeón Márquez Corazónquenosiente, había sido una inexcusable estupidez.




miércoles, 28 de noviembre de 2018

Ah, las vueltas

  Dejar dinero en una noche de ballet acompañado, o en una comida con tu nuevo compañero saharaui, es disfrutar de nuevo. Cortar veinte kilos de calamares, exponer ante los compañeros sobre los efectos que el cese de soberanía tiene sobre los nacionalismos alternativos, ganar flexibilidad con patadas laterales, encontrar un pub con graffitis fosforescentes y música gangsta donde te hacen reir de tu propia estupidez... de nuevo. Viejas conocidas se combinan con novedades totales en una tierra que no es la mía ni la suya, hogar de muchos que pese a todo preferirían estar bajo cielos más amables. Y yo pienso y pienso y pienso mientras vivo y me sorprendo. Temo mientras abrazo y sonrío que malos tiempos estén por llegar, justo cuando mis estados personales están en paz unos con otros. Las mentes humanas pueden combinarse para invocar el huracán, y cada vez más lo atraen simplemente hablando de él. Le rezaría a cualquier dios que quisiese impedirlo. Aprendería cualquier idioma para convencerle.

Fotografía del autor, Birmingham.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Alter

La ingorancia juega en contra de la piedad
y vivimos ignorantes
de nuestras fronteras.
Las de nuestros mares y carreteras,
las de nuestros barrios,
puertas,
las de nuestras cárceles
y mataderos.

Vivimos ignorando a nuestros semejantes
parando atención en lo que los distingue
de nosotros:
en cuanto nos hace únicos.

Nos han convertido,
nos hemos convertido
en Individuos,
suscritos a lo conveniente
para mí.

Y cuando lo que es tuyo
no esté bien, amigo,
¿en quién buscarás cobijo?
¿Lograrán los gritos conmover
tus hoy seguras paredes?

martes, 16 de octubre de 2018

Requiem


Fuera llueve. En el aula, una chica se lamenta continuamente de la situación en Estados Unidos -desde donde ella ha venido a Inglaterra a atender un máster en lo que se decide por otro; quiere trabajar en la ONU.
  Lamenta que la gente sea tan estúpida como para votar a Trump. Lamenta que los blancos sean tan estúpidos como para tratar mal a los negros. Nos pregunta por qué a nivel internacional unos Estados se aprovechan de la debilidad de otros. Se queja de que los tabloides sensacionalistas en Reino Unido hablen mal en sus portadas de los inmigrantes, de los refugiados, de los musulmanes. Declara que venimos a estudiar a vuestras universidades, pagamos mucho dinero, y vosotros (los ingleses; la profesora, de origen pakistaní, resulta indirectamente acusada) no hacéis más que hablar mal de los no ingleses. El punto en que la situación de esta estudiante se asemeja a la de la mayoría de inmigrantes no queda claro.
  Ella no necesita levantar la mano para hablar, lo que denota su costumbre de ser escuchada. Cree que cuanto piensa u opina es importante, y por eso acapara buena parte del tiempo de las clases dando voz a su inteligencia. La profesora, como los otros estudiantes, no se opone a la injusticia. Los compañeros lo comentan fuera del aula, "qué odiosa es esta chica", pero nada más. Son el futuro de la política europea.

Es triste que estos estudiantes de "políticas" sean tan jóvenes. De haber tenido unos años más quizás atesorarían algo de roce con el pensamiento marxista. Siquiera un poquito. No hace daño. 
  Discutiendo con la aristócrata arriba descrita me dí cuenta de algo: quienes como ella se quejan de cuantos culpan de sus problemas a "los otros" como parte de sus programas políticos y propagandísticos, a su vez se incluyen en un segmento concreto y se victimizan respecto a, cuidado, otros grupos vistos como -al menos intelectualmente- inferiores. Así, el problema de Estados Unidos es que todos oprimen a los negros, y como nuestra estudiante-visitante en Reino Unido tiene la piel de ese color, es una víctima. En ningún caso lo es del sistema: lo es del racismo blanco. Y eso lo acapara todo.
  Intento razonar con ella siguiendo una idea lanzada por la profesora poco antes, la del contexto, y la amplia mira que da el estudio de la historia. No seas presentista, le digo. Se trata de relaciones de poder, de discursos y de modificación de las percepciones. En el Imperio otomano los más blancos eran muy valorados como esclavos. Hay aquí algo más en juego que el racismo y la xenofobia con que los populistas mueven a las masas más golpeadas por el desempleo. Y tú, de paso, estás cayendo en su juego, al no querer mirar al bosque.
  Es inútil, no hay nada que hacer. En sus divagaciones pasa de un tema al siguiente hasta acabar a pársecs del argumento inicial. Doy el caso por perdido y espero que la vida se encargue de enseñarle algo, como aun tendrá que hacer conmigo.

Lo bueno de esta breve discusión es que me hace pensar un poco más en el significado de todo ello: la belleza de una ideología cuasi religiosa que identificaba a una clase -transnacional y transracial- en clave de lucha con otra clase, la explotadora; belleza ahora aumentada cual la de las construcciones antiguas poco a poco engullidas por las arenas del tiempo.

Los billonarios no tienen etnia ni religión ni nacionalidad que les separe. Se llevan bien con aquellos que comparten sus intereses, alrededor del globo. Empatizan. Es la fórmula del éxito. 
  La otra clase, sin embargo, llamémosla media y/o trabajadora, sigue consumiendo los discursos autoinmoladores de raza, religión y victimismos varios. En tiempos de crisis los degusta con especial ahínco. Engulle identidades excluyentes. Se divide en taifas. El desempleado italiano se ve amenazado por el refugiado sirio, el yankee por el hispano, el pobre por el más pobre. Nadie se ve amenazado por las tendencias sistémicas que generan desempleo o conflictos armados. Aquello es cosa de rojos, y fue con puntería lanzado al cajón de los anacronismos para beneficio del discurso único. La oposición romántica o utópica a este Discurso ya no queda en los guantes de una clase obrera sin fronteras, sino en los del fascismo, el extremismo religioso y sus combinaciones. Diferencia y miedo. Para mí algo de nostalgia.

Los jóvenes privilegiados venidos de la Europa y la América a estudiar sobre las fuerzas que gobiernan el mundo ni siquiera saben de qué les hablas cuando les hablas de todo esto. Y uno piensa, con fundación, que la batalla ha terminado y que los viejos Titanes han sido machacados por unos cuantos Olímpicos con mejores estrategias y medios.



martes, 9 de octubre de 2018

Una vieja conocida

De nuevo anudo la correa al cuello
y la ato al mástil del bailante barco.
Observaré lo que de otra forma no vería,
mas no dirigiré la nave
y pagaré el precio de no escoger
dónde fijarme,
hasta un punto.

Un viaje de un solo año,
con fuerte trabajo a bordo,
y vaivén, bamboleo, balanceo;
acabaré con la vista más nublada,
pero, quizás, pudiendo ver más lejos.

La nao Academia tendrá un día que atracar,
para, como siempre, dejar lo que vino a dejar.
Ahí es cuando me escabulliré
au revoir, amici,
y buscaré en cualquier otro lugar.

¡Caramba! ¡El desierto o una selva,
pero no otra vez el mar!