Le
Sacre du Printemps suena, fuera llueve. Me olvido del
frío mientras acaricias mi mano. Miras mis ojos, brilla tu mirada mientras
atraviesas la mía. Tus dedos danzan entre mi pelo. Respiro tu suspiro mientras
escucho tu voz que me dice:
En tus ojos
leo.
En tus ojos
vivo,
en
tus ojos sueño.
Extasiada te beso.
Doy gracias a la lluvia por brindarme el tiempo, de disfrutar de ti, de
disfrutar de tu cuerpo. Revive, sin duda, el Ochocientos. Apenas nos conocemos. Qué importa, sé que eres tú, te llevo soñando una vida entera, por fin te
tengo. Tras ilusiones muertas, experiencias frustradas, dolor y desengaño,
soledad, querida y no querida, estás aquí. Ya no tengo miedo.
Siento tu aliento en
mi cuello, sonrío al imaginar tu sonrisa pícara. El sofá convertido en guarida,
repleto de secretos. Me levanto a servir más té, para seguir bebiendo. No hacen
falta las palabras en un ambiente tan poético, mi poeta de los silencios. Miro
por la ventana. Veo caer la lluvia sobre los árboles, agua salpicando en agua,
hermoso verde. Pienso en lo inocuo del momento. Te veo observarme, repasar mi
figura al borde de la desnudez, siento tu deseo. Te levantas, rozas mi espalda
al pasar y te encaminas a cambiar la música: Clair de lune ahora. Sé perfectamente lo que me quieres decir.
Siento el frío cristal, yo también te deseo.
No jugamos nunca a
lo evidente, nos gustan los rodeos, pasión en todo momento. Es lo que me gusta
de ti, eres tan intenso.
Ríes al mirarme, sí
parece evidente lo que siento.
Más y más juegos,
fraguando nuestro amor en el sofá, sofá de los sueños. Se nos ha olvidado
cenar, creo. Me hablas del pasado, del presente y del futuro, te hablo de un
destello. Callas, y cuando callas sé que juegas a leerme el pensamiento. No
hace falta que te esfuerces: sí, te quiero. No hablaremos de ello, de momento.
Toda una vida
esperando… detente, tiempo. Se nos ha echado encima la madrugada, lo divertido
es lo bello. No dejas de cantar, pero se te van cerrando los ojos. Deja de
intentarlo, no se puede ser fuerte en todo momento. Duerme, descansa. Te
aseguras de que me tapo bien con la manta. Oigo cómo tu respiración se
acompasa, descansa.
Amanece. No puedo
dormir en tu presencia, no quiero perderme ni un momento. Despiertas. No
entiendo por qué, pero te noto distante. Sin mediar palabra, ni mirarme, te
levantas. Caminas firme hacia la habitación, oigo como te detienes. Te sigo.
Tú frente al espejo,
suaves son mis pasos mientras me acerco a tu cuerpo, abrazándome a tu cintura
alzo la vista. Para gran horror mío no hay reflejo, tu reflejo. Sola estoy ante
el espejo, un abrazo a la nada. Giro sobre mí misma en tu búsqueda, pero no te
encuentro. Desconcertada corro, atravieso la casa, sin entender, alzo un grito: ¡No te vayas!
Una voz tenue,
lejana, incorpórea, me contesta: No me puedo ir si no existo.
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