Porque el saber no muere, sino inspira...
¡Oh, musas, despertad ahora! ¡No nos abandonéis aún!

lunes, 30 de junio de 2014

Sobre el comportamiento del pájaro inane

   Turbio no era distinto de los demás pájaros de su especie. Tenía un plumaje similar, piaba con voz similar y se posaba sobre las ramas de manera similar a los demás. En todo habría pasado desapercibido de no ser por su extraña forma de volar: donde todos sus congéneres describían vuelos rasantes o trayectorias que les permitiesen desplazarse de rama en rama, de árbol en árbol, él realizaba cabriolas sin sentido, volaba enérgicamente hacia arriba para a continuación dejarse caer en picado, giraba sobre sí mismo y extendía sus plumas como si deseara agrandarse. Nadie entendía esa forma tan atípica de moverse en el aire, carente de todo sentido práctico. Cuchicheaban sobre él, hablaban de su salud mental, lo evitaban en lo posible.

   No eran tan crueles, no obstante, y dejaban que se juntase con ellos en más de una ocasión. Cuando la conversación piada -que siempre giraba en torno a la mejor manera de atrapar una polilla o una hormiga- estaba en su clímax, Turbio sugería de pronto lo maravilloso que sería echar un vistazo más allá del bosque. Nadie, nunca, se aventuraba fuera de la protección del ramaje. Nadie, nunca, volaba tan alto entre las aves de su especie. Desde pequeños se les enseñaba a fijarse en el suelo y en las ramas; nada había que pudiera interesar a un pájaro más allá de las últimas hojas; aun peor, al lunático que se aventurase a volar más allá seguramente lo atraparía alguna terrible rapaz, o perdería oxígeno hasta caer muerto, o se abrasaría con la cegadora luz del sol. No había destino benigno para quien lo intentase. Se hablaba muy poco sobre el tema en las escuelas para pájaros, y únicamente para mostrar ejemplos conocidos -históricos, podría decirse- de intratables locos que decidieron acudir a la llamada de la luz y desaparecieron para siempre. Los más respetados entre los pájaros expertos no sólo eran los más mayores, sino aquellos que con mayor efecto habían teorizado sobre la felicidad e idoneidad de permanecer bajo la sombra del bosque, o sobre las irregularidades genéticas que hicieron de aquellos que alguna vez contravinieron las normas unos subpájaros incapaces de igualarse a los demás, ya desde su misma salida del cascarón. Puede entenderse, en fin, que cuando Turbio realizaba algún comentario sobre la posible belleza del sobrebosque los demás se mirasen entre ellos para dedicarle, en el mejor de los casos, un sonoro silencio.

    El pobre pájaro recibía el mismo mensaje allá donde estuviese: en la escuela, con sus compañeros, con su familia... Pobre del ave que viviese ilusionada con lo desconocido, pues acabaría sus días muerta o enloquecida. Los demás, en cambio, podían aspirar a cuanto de bueno tiene la vida pajaril: caza de insectos, construcción de nidos, piadas a coro. Más allá se extendía la nada, y hablar de observarla era tanto como pensar en estrellarse.

    Así pasaron los años hasta que Turbio, el incómodo pájaro, decidió actuar pese a todos. Esa noche apenas durmió, al alborear desayunó frugalmente y, antes de que la comunidad se levantase, salió volando junto al amanecer y atravesó la copa de su árbol a toda velocidad.

    Al poco y ya despierta, su familia encontró una nota grabada en su habitación: "He decidido volar de verdad, seguir el propósito de mis alas. No os pido que lo entendáis. Sed felices. Yo también lo seré". El padre balanceó la cabeza con tristeza conforme; la madre emitió un suspiro, pero su corazón se alegró: en el fondo ella también creía en lo imposible, solo que ya hacía tiempo que carecía de fuerza para perseguirlo.

  Cuando los conocidos de Turbio se reunieron y la noticia se extendió, todos los pájaros de la comunidad estuvieron de acuerdo: el desdichado estaría ya despedazado en el nido de algún halcón, o calcinado sobre arenas lejanas. En las escuelas, todos los académicos emplearon el nuevo ejemplo histórico del incontrolado Turbio, quien además tenía un ojo desviado y cojeaba, y cuya irremediable locura le condujo a su perdición. Algunos padres, incluso, aprovecharon el reciente suceso para crear moralizantes cuentos de terror con los que amedrentar a sus polluelos.


   Pero un día, en una rama de reunión, surgió otra nota discordante. Un pájaro, que hasta la fecha a todos había parecido normal y buen ave, afirmó que Turbio podría estar vivo, pues no se halló ni una sola de sus plumas por el bosque. La mayoría ignoró o aun se alejó del chiflado, pero unos pocos le dieron vueltas al asunto en sus escondites, o mientras cazaban, o mientras todos a su alrededor piaban sobre la perfección del día a día, del eterno recomenzar y de la seguridad de lo conocido. Así, el virus del pájaro-turbio, nombre con el que algunos intelectuales bautizaron al reciente mal, se fue extendiendo, siempre de manera minoritaria, entre algunas aves de la especie. Los síntomas consistían en ausencias repentinas de las ramas sociales, miradas pensativas a lo alto de los pinos, contestaciones inesperadas en las aulas y, lo más alarmante, algunos grabados sobre los troncos que decían cosas como "Atrévete a volar" o "Quien no ha mirado, no puede saber". Una mañana, desaparecieron cinco pájaros más, de golpe; nada se volvió a saber de ellos y ninguna pluma apareció en el bosque.

   Todos siguieron con sus vidas, pero cada vez más aves miraban hacia arriba, con la luz de entre las ramas brillando en sus pupilas.

sábado, 31 de mayo de 2014

Simbología de poder


Viajar, a quién no le gusta. Siempre esperando el próximo viaje, la próxima experiencia, el gusto por el descubrimiento, por el aprendizaje. Cada vivencia que tomamos como única y que pensamos que cambiará nuestra vida. Y algo cambia, claro que sí.

Mi último viaje, la luz y los paseos, ¡conocer, conocer, conocer! Intentas programar el tiempo que tienes para ver muchas cosas, sin dejar de disfrutar. Al contrario, intentas acercarte a lo nuevo disfrutando lo máximo, queriendo ser parte; al menos eso me pasa, que busco mimetizarme con el lugar y que algo en mí se renueve para continuar con la rutina. Digamos que el viaje es la divina parada.
Soy curiosa, verdaderamente curiosa, y si puedo visitar mucho no visito poco. Pero en mi viaje, en mi último viaje, a mi disfrute le dieron un golpe. Una llega a una ciudad desconocida, sabiendo las visitas imprescindibles del lugar y algunas más que se aprenderán en el camino. Un mapa, siempre se necesita un mapa que te indique bien dónde están esos maravillosos lugares que tus sentidos no pueden perderse. Lo monumental se te muestra y tu retina debe de quedar fascinada. Generalmente había sido así. 

No puedo asimilar más símbolos de poder. Desde luego, no sin ser consciente de lo que estoy haciendo, de lo que estoy viendo. Frente a lo monumental, que parece adormecer los sentidos, olvidamos su verdadero significado. Esta sensación incómoda me sobrevino paseando por un palacio y sus jardines; si bien no eran los más increíbles que había visitado, sí me supusieron una suerte de repetición, era más, un poco más, de la gran distancia entre ellos y nosotros. Pensé en todos los lugares en los que había estado, en la gran cantidad de monumentos que había conocido en mi paso por ellos –y no, cuando viajo no sólo visito palacios o catedrales, pero mentiría si no reconozco que están en mi itinerario–. No rechazo el aprovechamiento artístico, histórico y cultural de este tipo de visitas, de donde sin duda aprendo, pero el componente social, simbólico y discursivo de estas representaciones es harto fuerte.
Seguiré visitando monumentos, por supuesto, pero con consciencia, superando la embriaguez de la belleza. 

miércoles, 7 de mayo de 2014

Microrreseña a Orlando, de Virginia Woolf

  Orlando, novela biográfica cuyo protagonista es real y ficticio a la vez, con un narrador reflexivo y siempre presente junto al lector, es la primera obra de Virginia Woolf que cae en mis manos.

Detalle de 'Las señoritas de Avignon', de Pablo Picasso

  La busqué tras ver la película homónima de Tilda Swinton (1992), atraído por lo extraordinario de una historia que habla de relaciones de género, de sexualidad, de creación literaria, de muda en las costumbres y de costumbres sin muda. La novela habla de todo esto y más a través de Orlando: ella -él- salta por el tiempo, con sus épocas y espíritus. Él -ella- resulta a la vez observador y parte en cada cambio. Orlando tiene pues estas dos grandes ventajas sobre el resto de mortales: viajar a través de las distintas épocas (porque el tiempo es relativo), desde la Inglaterra isabelina hasta la de los años veinte, y haber sido tanto varón como mujer, experimentando cuanto el biógrafo-narrador -o la biógrafa-narradora- es capaz de contarnos y reflexionando, como poeta y como poetisa, sobre todo ello.
  Ser para conocer, crear para existir.


Saludos

miércoles, 30 de abril de 2014

Teatro y Bertolt Brecht



   Acudimos el pasado miércoles 23 al Teatre Micalet a ver L'ànima bona de Sezuan (El alma buena de Szechwan, o Se-Chuan), representada por la Jove Companya d'Entrenament Actoral, Teatre de l'Abast. No conocíamos la obra, pero sí al autor, Bertolt Brecht, cuyo nombre ya nos garantizaba contenido crítico y no salir indiferentes de la sala*

   Comienza la representación: luz tenue (admirable la iluminación durante toda la obra), escenografía humilde (admirable el hacer mucho con poco), y el grupo de actores se nos muestra con una coreografía inicial, muy oriental, cuyo sentido a priori desconocemos. Aquí me asaltó la duda, pues podríamos habernos metido en una de esas adaptaciones, tan en boga hoy día, que con la excusa de un clásico o un autor renombrado te encajan algo que poco tiene que ver con el original y que, por alguna razón inextricable, siempre está lleno de coreografías la mar de sensuales que a su vez llenan -y hasta  rebosan- los tiempos del drama. Temí, pues, que esta fuera una de esas modernísimas obras, mas en seguida salí de mi error.
   Cada actor tenía varios papeles, cada uno con su propia voz, con su propia actitud; es admirable la rapidez con que cambiaban de registro. La protagonista, Shen-Té, borda los suyos. La música es la apropiada; la luz va al compás, como las voces, y las nuevas coreografías encajan a la perfección en la obra, esto es, nunca están fuera de lugar, algo que se agradece.

   Cuanto al contenido, sorprende por su realismo, por ser un grito -y un sacrificio, pues el autor que así grita siempre arrastra consigo una pesada carga- a la verdad; sin maquillajes, sin ficciones suavizantes. La bondad no es cómoda en este mundo, la bondad no supone retribución alguna, antes al contrario, puede llevar al bondadoso a la extenuación, porque en este mundo que pisamos no se alaba al honrado, ni se le sonríe sincero, ni se le es agradecido; antes bien nuestro mundo es ingrato, falto de honradez y de misterio, descarnado, demasiado real, demasiado mundano. En esta forma de existencia, la supervivencia y la bondad están reñidas, quedando la crisis del alma asegurada.

   Vayan a ver la obra o léanla. No es un himno a la alegría, sino a la reflexión. ¿Hasta qué punto somos responsables de cuanto reprobamos? Quítenle la máscara al villano: observarán su propio reflejo.

Saludos




*Aquí podéis ver otra entrada relacionada con el autor.


domingo, 13 de abril de 2014

La Historia Imparcial

Existen hechos, relatos históricos controvertidos; verdaderos hitos de doble lectura, incluso múltiple. No siempre la cercanía o la abundancia de testigos ayudan a fijar datos. (Datos, bonita palabra). Podemos asumir un cierto relato sobre un pasaje del pasado más antiguo o reciente. La Historia, versada en mentiras y verdades –falacias y verdades absolutas–; no podemos obviar que es un constructo. Puede llegar a ser, y lo ha sido, el mejor de los instrumentos: legitima naciones, ideologías, identidades, discursos… la Historia da motivos.
La verdad no está en los libros, en las estadísticas o en los informes. Aceptar cada información que recibimos como válida supone olvidar que ese retrato está realizado por una persona –o varias–; es, por tanto, subjetivo. El esfuerzo por la profesionalidad o la objetividad no anula el corazón que late, que tiene sus preferencias, sus propias ideas, incluso sus propios deseos. De ahí la necesidad de crítica, en primer lugar con nosotros mismos. ¿Qué actitud tomamos? ¿Qué postura? ¿A qué nivel nos implicamos?

La Historia es política. ¿Compartimos una misma visión de la Historia si no compartimos un mismo modelo estatal? ¿Existe la unidad nacional si no compartimos el mismo modelo estatal y, por lo tanto, nuestro código ideológico difiere y así no podemos asumir la Historia de la misma forma? En vísperas del 14 de abril, aniversario de la Segunda República Española, camino por la calle y las banderas republicanas ondean. ¿Viven la Historia estas personas como la viven otras que sí se sienten identificadas con el modelo estatal existente? 

miércoles, 26 de marzo de 2014

Microrreseña a una comedia de Wilde

La importancia de llamarse Ernesto ('The Importance of Being Earnest', 1895*) responde a cuanto cabría esperar de la afilada pluma de Oscar Wilde: grandes dosis de humor, sagacidad y crítica mordaz a las clases altas, que destacan por su continua exhibición de superficialidad y afectado cinismo. Dividida en tres actos, la obra sorprende por la maestría de su autor en los diálogos, que transitan entre el absurdo irreverente, del que bien pudieran haber bebido los Hermanos Marx, y las más afiladas confrontaciones de egos. Siendo de por sí el libro hilarante, en verdad envidio a quienes hayan tenido ocasión de ver la comedia en el escenario, bien representada.



La obra trata de engaños, de falsedades urdidas para ocultar verdades, para velar acciones que, de otra manera, serían socialmente reprochadas a los personajes; de ahí la guasa del título original. El cálculo egoísta, el uso de la amabilidad, de la simpatía e incluso del romanticismo como mero maquillaje para voluntades mucho más materialistas, son otros de sus ingredientes. Una lectura, en fin, que no dejará en absoluto insatisfechos a los amantes del creador de Dorian Gray.

Saludos


*Efectivamente, parece que hubo un error en la traducción de la obra, error que se habría mantenido hasta hoy. El título de la comedia juega con la similitud del sonido inglés entre las palabras Ernest y Earnest (Ernesto y serio o formal, respectivamente), con lo que el título original vendría a ser más bien "La importancia de ser formal".

miércoles, 12 de marzo de 2014

Llévame al teatro, San Juan

La función no ha empezado, el gentío es todavía gentío y no espectador silencioso. Serio, el actor asoma al escenario que espera: aun no son uno. Muchos libros sobre una pequeña mesa: un lector ausente. Las luces caen y el monólogo comienza: no, no es sólo una voz, es un eco. Entre la risa, un dolor y una esperanza. Drama. Alberto San Juan: Autorretrato de un joven capitalista español.

La trayectoria del desconocimiento hecha arte; hecha grito, reflexión, susurro. Un recorrido de más de dos horas acerca de la historia española reciente, una vivencia personal y una reflexión colectiva. Me pondría muy metafórica, pero creo que no es necesario, no en este caso: es magnífica, por qué no decirlo. San Juan propone la función a modo de diálogo –diálogo interior–: hasta dónde estamos dispuestos a llegar; qué perder, qué cambiar. Qué parte de nuestros bienes materiales somos capaces de rechazar por tener mayor capacidad de decisión sobre nosotros mismos, la libertad inmaterial. ¡La verdad que duele, pero que está ahí, al alcance de la mano, por mucho que trate de esconderse!
El actor habla de sí mismo al hilo del desarrollo del contexto español; explica que su concienciación, su motivación para el cambio, vino de la mano de encontrarse sin trabajo, viendo sus necesidades alteradas por causas externas. Entonces, el cues­tionamiento del sistema democrático y la posterior pregunta: hasta dónde somos nosotros cómplices, ¡o ciegos! Con la gracia que le caracteriza, narra la configuración del sistema donde nos encontramos inmersos, desarrollando un eje cronológico desde finales de los años 60 hasta la actualidad: los actores, los hechos, la manipulación.

Aun siendo una crítica muy mordaz, es tremendamente divertida, inspiradora; yo la viví con emoción, suspendida entre el guiño de la rebeldía hecha risa y la triste frustración de quien se siente partícipe de su propio engaño. Pero ahí es a dónde quiere llevarnos San Juan: a revolucionarnos con el humor, a concienciarnos; soplan los primeros vientos desde el teatro. Del escenario a la calle, este es el arte que a mí me gusta. Llévame al teatro, San Juan.