Porque el saber no muere, sino inspira...
¡Oh, musas, despertad ahora! ¡No nos abandonéis aún!

domingo, 6 de febrero de 2022

De urbano a rural

Vivir en un pueblo, para alguien acostumbrado a las grandes urbes es, desde luego, un cambio. En mi caso, un cambio a mejor, aunque no sé si pasaré aquí donde me hallo el resto de mis días; que la familia tira... y las obligaciones para con nuestros mayores. Gracias a la plaza que obtuve en concurso de oposición me encuentro en un pueblo del Baix Maestrat (norte de Castellón) de algo menos de 2000 habitantes, un lugar repleto de historia en forma de construcciones, a veces restauradas (como las murallas e iglesias), a veces abandonadas (como las norias para extraer el agua). También destaca la historia natural, las montañas y, especialmente, los olivos. No me acostumbro a esos olivares con especímenes de troncos enormes, enroscados, semejantes a elefantes petrificados. Están bien vivos, como atestiguan sus ojas y sus olivas que tanto gusta de engullir mi perro. Encaramarse a uno de ellos es algo que, seguramente, nada más haría un niño o un urbanita como yo, que todo lo ve con ojo romántico.

 
Fotografía del autor
El placer de dormir sin ruido, de caminar sin ruido, de vivir sin ruido es para un servidor, tan mental, tan amigo de evitar las conversaciones que a nada llevan y que nada aportan, como un dulce néctar. Me encanta salir a diario con el perro (de reciente adquisición, gracias al pastor del pueblo: bellísima persona) y darme dos horas de camino, de exploración externa e introspección interna, donde solo empleo algunos silbidos para el can de tanto en tanto. Nunca he meditado ni he hecho yoga, pero teniendo una ruta despejada (lo más posible) de coches y gente, un palo, el perro y yo, alcanzo con facilidad esa felicidad tranquila que me permite observar y ver: el cielo enrojecido por el atardecer, el color plata de los olivares al ser mecidos por el viento, detectar al conejo que se escabulle, al buitre que quizá nos mira a su vez a centenares de metros, como dron antiguo de los dioses del Hades. 

 Me hago mayor y me faltan las palabras para expresar cuanto pienso, para pensar cuanto siento. Cada vez asisto, cosa extraña, a menos conversaciones y debates interesantes (esos sí que me hacían pasar buenos ratos con la gente); la gente con la que antes hablaba de estas cosas ahora se ciñe más a los mismos temas, a los temas de siempre, básicos, sencillos, inofensivos. Hay quien se ofende -pasa mucho últimamente- si se tocan ciertos asuntos relacionados con la política, con los cambios sociales, éticos y morales; la matización es percibida como una crítica directa a la persona, a su entidad (o identidad construida). Hemos cambiado a peor -aquí no hay duda- en este sentido. Me aburren las conversaciones sobre el día a día, las que escapan de cualquier tema trascendental, pues únicamente en estos últimos aparecen las ideas duras, las ideas-hueso, las ideas-fundamento, que tanto cuesta enfocar, evaluar. ¡Nadie te pide cambiar de chaqueta! Basta con salirse un momento del propio traje y observarlo con los ojos del visitante. Hablar, escuchar. Es un ejercicio que puede ser constructivo, ¡pero qué pocos están dispuestos a hacerlo! Antes prefieren no hablar, enojarse, marcharse. ¡Sucede tanto en estos pseudo-concilios que son los grupos de whatsapp! Seguro que muchos lo habréis experimentado. 

 En fin, que por contraste acaba por parecer auténtica la piedra, la serpiente que se cruza, el cielo que se alarga en rojo, el perro que salta entre las hierbas secas, sintiéndose -y haciéndonos sentir- tan vivos. Quizás un día deba renunciar a todo esto, a vivir entre todo esto, a ver tractores a diario, olivos a diario, montañas a diario; quizás un día vuelva al asfalto y al cláxon y "lo rural" quede como una afición de "una vez al mes", reducido así a un barato capricho. Quizás. Quizás. Entre tanto, a disfrutarlo, y a llenar los pulmones del aire limpio y antiguo del Maestrazgo, que ya mecía sus olivos hace cientos de años. Al fin y al cabo, todos estamos de paso.

martes, 26 de enero de 2021

¿Qué es, lo sagrado?

 ¿Existe algo trascendente? ¿Algo que supere nuestra individualidad, nuestra materialidad? ¿Algo además de cuanto de material nos rodea? 


Alguien de por aquí, occidental, estudiado, laico, con cultura en la historia de distintas religiones y formas de pensamiento, tenderá a observar que lo más lógico es pensar que no, que todo son constructos. Se basa en su experiencia sensorial, en la de aquello que percibe "a simple sentido" y en aquello que ha leído. Pero esta forma de igualar lo lógico o racional a la ausencia de esa trascendencia es también, me temo yo, un producto histórico, no escapa al propio condicionamiento de todo lo demás: piensas así porque vives en una cultura en la que la intelectualidad se ha ido acercando a lo laico, a lo agnóstico o a lo ateo progresivamente. Si no fuera así, quizás lo que para este tu yo parece lógico parecería ilógico o, dicho de otra manera: tu perspectiva sería exactamente la contraria. 

Es por esto por lo que me parece un acto de humildad dudar incluso sobre la propia lógica, pues esta no es extemporal ni se produce al margen del espacio en el que nos hemos criado.

'La barca solitaria', acuarela de Carlos Blasco Tena


Soltado este rollo (se nota que te haces viejo cuando empiezas a elucubrar como Unamuno, y encima bebiendo tinto) vayamos a donde quería entrar: esas sensaciones o impresiones de trascendencia. Me refiero a esas ocasiones en las que quizás digamos "qué casualidad" pero por dentro pensamos "qué va" mientras nos embarga esa sensación de que nos han enviado una imagen o señal por y para algo, o a nosotros mismos a un lugar por y para algo. ¿O hay alguien tan pegado a sus botas (o a su i-phone) como para no haber sentido nunca algo así?

Ahora está de moda llamarlo energías, que actúan haciendo y deshaciendo a su antojo... como si esta forma de pensar fuese mucho más moderna y evolucionada que creer en un dios entrometido. Sea como fuere, cada vez me doy más cuenta de que al ser humano le viene bien creer en el sentido de las cosas, más allá de las explicaciones científicas o racionales (que siempre tienen el límite de la ciencia actual). Desde antiguo hemos buscado un sentido a cada ruido, sueño o vuelo de ave. Es el mismo impulso que mueve ahora la investigación científica, la búsqueda del sentido, de la explicación que ordene, que nos lleve a entender.

Pero existen cosas que son más pequeñitas que todo eso; que son personales. Cosas que tienen que ver con nuestras propias peripecias vitales, con gentes con las que topamos, con hallazgos. Para esas cosas no cabe buscar en la ciencia, sería absurdo. Entonces recurrimos a explicaciones como "el destino". ¿Hasta qué punto somos sus agentes? ¿Cuánta influencia tenemos?

Yo siempre me he sentido un poco como flotando, como en un kayak. A veces remo con fuerza hasta notar la quemazón en los bíceps, en las muñecas, pero no dejo de estar a merced de las olas y corrientes, por más que pueda dirigir mi pequeña nave. Puedo decidir si acercarme a aquella bahía o si alejarme hacia aquel islote, pero los paisajes y posibles objetivos aparecen ante mi vista, no los escojo yo. Sería como navegar permanentemente reaccionando, sin itinerario ni mapa. A lo sumo puedes saber en qué tipo de isla te gustaría pararte a descansar y, teniéndolo en mente, aprovechar la oportunidad cuando aparezca -y si aparece. Y siempre, siempre, seguir remando; de otra manera el mar se pica, te engulle, te desorienta.

¿Y qué es lo trascendental, pues? ¿Es el mar? ¿Son nuestras ideas sobre aquello que queremos, sobre lo que nos acerca a la felicidad o plenitud? ¿Es el eterno olor a salitre? ¿No es nada, tan solo un montón de agua y manchas de tierra emergida?

Chico. Me pondré otro vaso de vino.

domingo, 15 de marzo de 2020

Pensamientos del encierro (I)

Extraño mundo este
en el que nada vale un
cueste lo cueste.

Mantén la mente atenta
a los intentos de segar tu libertad
con tu venia.

La piedra áspera del esfuerzo y el dolor
es la que girando
nos da filo.
Harás pues bien en prevenirte
de una excesiva seguridad.

Creo que lo planteamos todo mal
y, realmente,
hay en el hombre especies distintas.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Todo es ponerse

  Si este blog ha respondido a alguna necesidad, ha sido a la de escribir, a la de expresarme. Forma así, aun sin haberlo pretendido, una especie de diario. Ese diario que nunca tuve, aunque en al menos un par de ocasiones intenté tenerlo, como alguna gente interesante en el pasado, y como tantos que pasaron desapercibidos. Hay quien dice que escribe para liberar un nosequé, mas no quiere ni necesita remotamente ser leído. Yo... tampoco lo necesito, pero reconozco que siempre me ha hecho algo de ilusión imaginar que alguien leyese lo que escribía, especialmente cuando yo mismo lo he considerado bueno.
  Hace mucho que no escribo mis pensamientos -de pensar, lógicamente, no he parado ni un momento-, y ello puede ser debido a que, por vez primera, tengo buena parte de mi capacidad intelectual ocupada en algo. En el trabajo. 
   Mi vida ha dado un vuelco, podría decirse, aunque sigo siendo yo mismo, y desde mi propio día a día no me encuentro tan distinto. Pero, si tomo un poco de distancia.... joder, sí que han cambiado las cosas. 
   Para empezar,  vuelvo a estar en la tierra del sol, cerquita de este Mar de tantos; y, lo realmente novedoso: trabajo en algo en lo que me tengo que aplicar, y lo hago con gusto. También es cierto que acabo de empezar, pero si Dios quiere (siempre me ha gustado esa expresión; háyalo o no... tiene como un tono andalusí), será la profesión que mantenga mi mente ocupada, entretenida y viva hasta el momento en que me apague.
   Lo que sí detestaría, ya que estamos, es dejar de escribir más allá de mi profesión. Da igual sobre lo que escriba, pero el caso es escribir. Y escribir exámenes, resúmenes, dossiers... desde luego es creativo, pero no debería de ser suficiente para mí.

Fotografía del autor


  Ahora mismo estoy concentrado en la novedad, y mi tiempo libre se lo dedico a leer y poco más. Pero nunca, y digo, nunca, he estado tan contento. No voy dando saltitos, pero, ché, estoy bien conmigo mismo, aun y con -o quizás en parte gracias a- mis abundantes y necesarios momentos de soledad. Y ello me hace elucubrar (it makes me wonder, que decía aquel)... 
   Como muchos, me pregunto en dónde radica la felicidad. La respuesta fácil es que depende del individuo, y a veces la respuesta fácil es la correcta. Así pues, yo ya sospechaba que la felicidad alcanzable, esa imperfecta que consiste en poder decirse "estoy bastante bien", residía en vivir satisfactoriamente, esto es, en cubrir las necesidades que uno tiene. Me refiero a aquellas que van más allá de las básicas (seguridad, comer, dormir). Y si esas necesidades plus ultra se hallan en lo profesional, en lo emocional, en lo material... ya cada uno se apañe con sus logros y progresos en cada campo. Por lo que a mí pertoca, sí, parece que este cambio vital me hace feliz, pues siento que hago algo útil con quien soy. Que comparto quien soy.

   El título de esta entrada tan carente de sentido hace referencia a mi deseo de dejar algo escrito tras dos meses en silencio y, de paso, a la lección que he recibido de la vida y quiero compartir: no siempre, pero en más ocasiones de las que pensamos, lo que nos impide hacer lo que queremos no son las dificultades reales y materiales que nos rodean, sino el hecho de no pasar a la acción, amedrentados por el camino, por la verticalidad, por el campo minado que vemos ante nosotros. No soy tan necio como para pensar que el hecho de "ponerse" es sinónimo de éxito. Pero es, al menos, sinónimo de posibilidad, y en los crueles mundos de absolutos que nos creamos como escenarios de nuestras vidas esto ya es mucho.

  Y le envío un beso a mi abuelo, que siempre me miró como si supiera que esto iba a pasar, y que alguna vez me leyó.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

¿Mande?

Fotografía del autor (Girona)
En el éxito
el fracaso.
Y vice
versa.

El rock de un hueso
fuera del sitio.
Y vuelve
solo.

El poder de la
mente perversa...
que no
procede.

Como el volcán
que con suerte
no eructará

por una
generación.

martes, 16 de julio de 2019

En defensa del límite

El sentido de la lucha es la lucha misma, lo que crecemos a través de ella, y es también la cumbre que queremos alcanzar.
  El esfuerzo y el sacrificio, son palabras denostadas hoy por muchos bienpensantes. Si una relación exige sacrificios, si conseguir algo exige renunciar a otras cosas, no es bueno, no es positivo para ellos/as. Porque, piensan, tú lo puedes tener todo. ¿Por qué renunciar a varias relaciones por relacionarte con una única persona? ¿Por qué tener un par de botas cuando puedes tener seis pares?

  Me encuentro teniendo un pensamiento trasnochado (en relación al de mis contertulios) respecto a este tipo de cosas: somos seres limitados, por lo tanto nuestras elecciones tienen un 'coste de oportunidad', como dirían los economistas. Si escogemos realizar una carrera seguramente estaremos escogiendo no hacer otras cuatro; si escogemos viajar a Roma no podremos volar al mismo tiempo a París; si escogemos relacionarnos íntimamente con muchas personas quizás no estemos consiguiendo la misma profundidad que al quedarnos con una única elegida (mientras la llama dure, que ese es otro cantar).

Fotografía del autor. Horta de València

  Mientras tanta gente encuentra ventajas en esa especie de eslogan, "no renuncies a nada", yo aprecio sus desventajas. Me parece un subproducto de esta sociedad de consumo que te incita a creerte un dios del primer mundo, un dios que puede estar en todas partes a través de las redes sociales y tener conversaciones con múltiples personas a la vez gracias a su teléfono, o comprar todo tipo de cachivaches (qué bella palabra) y complementos, porque por qué renunciar a nada. Es el reflejo de la famosa frasecilla; nos convencen de que si puedes, quieres. Pues a mí me da que al mantener múltiples conversaciones no estás atendiendo a la principal, presente y física; que al querer documentar para el mundo tu viaje no dejas tu ADN en ningún lugar; que al comprar todo lo que puedes comprar acabas por no apreciar el valor de las cosas.

sábado, 22 de junio de 2019

Asueto

Lejos de saber qué me hace feliz.
Miento.
Conozco cosas que me hacen feliz,
al menos momentáneamente,
pero nos obligan a buscar un curro,
claro,
(a nadie servirías vivo si no),
y ahí entra lo complicado:
encontrar qué te ponga contento
durante tanto tanto tiempo,
días, meses y años,
tu vida,
haciendo eso,
y que te dé un futuro,
porque también te inculcaron,
y con razón,
que tengas miedo,
a un futuro sin techo ni quien te eche un cable,
una manta o una máscara de oxígeno.
Y así o encuentras un buen negocio
con tu tiempo
(que te guste la canción es lo de menos),
o ya puedes pensar
en evitar
llegar a viejo.
Y lo mejor es que en teoría
somos los privilegiados
del mundo.
Imagina haber nacido entre la inmensa mayoría
que no puede soñar;
que sólo puede buscar la forma de matar sus horas
y olvidarse del estómago encogido.
Luego queremos ir a verles
en nuestro mes de asueto
y que no husmeen ni nos molesten
mientras sacamos fotos.

Y el buen lector dirá:
"cuéntame algo nuevo, viejo".
Qué quieres, querido;
un poeta no sirve de nada.

Friedrich: Naufragio del mar helado. Wikidata.org

miércoles, 5 de junio de 2019

Piedra caballera


Busco y no sé
 
wikimedia.org
si me ofusco en el no creer
o anticipo el mañana en promesas,

sin atender a las viejas lecciones
ni a las lecciones de los viejos.

En el mundo ya nada dura
entre nosotros los hijos de Eva.

Nunca la realidad prometió sinfines
pero sinfines creamos a voluntad;
ideas valiosas por las que perderse.

Ahora, ya perdidos,
nos conformamos con no aspirar
mas que a lo ofrecido.

miércoles, 8 de mayo de 2019

Chufrens


Didi - Me sentía ligeramente pesado.

Dodo- ¿Como lleno de vacío?

Didi - La noche de aquel día, sí.

Dodo - Su fealdad te hacía llorar.

Didi - Y la cabra tira al monte...

Dodo - Exactamente.

Didi - ¿Has leído algo de ese autor?

Dodo - No. De ese, no.

Didi - Me lo figuraba.

Dodo - Eres un canalla sin caballo.

Didi - Y sin cabello.

Dodo - Observa más allá de lo visible, escucha lo inaudible...

Didi - ¡Y haz siempre lo correcto!

Dodo - ¡Te amo!

Didi - ...

Dodo -  Hay sardinas.

jueves, 24 de enero de 2019

No a todos place

(Cualquier parecido de esta historia con la realidad biográfica de su autor debe ser desestimada o tomada por prueba de su total ausencia de veracidad)


  Adiós para siempre, cannabis. Nunca fuimos más que conocidos, de los que se encuentran ocasionalmente en alguna reunión entre amigos; algunos son amigos tuyos, otros lo son míos. Nos conocemos de vista e intercambiamos algunas palabras. Ya me había sentado mal en un par de ocasiones las ideas que metiste en mi cabeza, pero siempre creía poder tratar contigo, si la ocasión volvía a presentarse, cambiando nuestro tema de conversación.


  Anoche y para bien, me di cuenta de que, como suele pasar con la gente, tú eres tú. Creer que puedo sacar algo positivo de tu trato es engañarme a mí mismo. Tras un ataque de tos –aquel fue un golpe bajo pues sabías bien que el mismo te dejaría todo el tiempo de discurso- empecé a darme cuenta de que me habías atrapado, una vez más. Tuve la estúpida confianza en que no fuese tan malo como la última ocasión. Fue mucho peor. Me largué de la casa en la que estaba pues mi acompañante se comportaba de una manera extraña: deseaba que no me fuese, me lo imploraba en distintos idiomas, tenía una sospechosa manera de no dejarme salir de su casa… como haría un lobo con un cordero. Todo eso, por supuesto, debió formar parte de tu magia, pero era un show al que yo no deseaba asistir. 

  Una vez en la calle, debo decir que le debo mi preciada vida a mi yo animal –ese que no habría calado del porro de haber estado al mando unos minutos atrás. Él me llenó la boca con un sobre de azúcar que recordaba haber guardado en el bolsillo, en alguna vida pasada. Desató la bici en una increíble maniobra de precisión que mi otro yo, el estúpido que quiso conversar contigo una vez más, jamás podría haberse permitido llevar a cabo. Me obligó a hablarme a mí mismo, a correr un poco, a parar en los semáforos en rojo y a mirar la distancia a la que venían los coches, potenciales amenazas. Me susurró desde algún lejano lugar que debía ir a casa de mis padres y no a la mía propia, no sólo por quedar aquella más cerca, sino porque realmente desconocía la gravedad de mi estado. 

  Mientras mi animal sagrado me salvaba el culo, yo observaba a un duende horrendo decrecer mientras caminaba a varios metros de mí. Una calle me parecía corta y de pronto larga como una pradera. Un movimiento lateral de cabeza me hacía creer que había cambiado de paisaje, de ciudad, de mundo. Cuando mi colocado ser se daba cuenta de que, efectivamente, estaba acercándose a casa de sus padres, se sorprendía pensando que quizás consiguiese salir de ésa. Fui –fue- capaz de llamar a mis congéneres con el móvil, luego al telefonillo, atar la bicicleta, explicarles lo que sucedía. Mi otro yo, el que atrapado dentro hacía frente al torbellino de pensamientos, desesperaba, pues no se reconocía en el ser superviviente que hablaba con mis padres, ni sentía la humedad del líquido que bebía, ni notaba la náusea al intentar provocarse el vómito. Era difícil distinguir realidad de ficción, pues aquella llegaba como en borrosos recuerdos, sin sensaciones presentes y palpables.
  
  Así me vi en el coche con mi viejo al volante, unas 140 pulsaciones. Hablando, sí, pero creyendo a la vez que quizás habría matado a la mujer que me dio de fumar, dado que no era capaz de saber si lo que creía que había sucedido era real o una creación hilada a posteriori por mi mente. Imaginé de pronto mi ropa blanca y ensangrentada. Mis ojos me informaron de que era negra y estaba limpia. Menos mal.

  Ya en el hospital el superviviente respondía mejor que peor a las preguntas del médico, mientras mi otro yo le agregaba información innecesaria o repetida. ‘Presenta verborrea’, escribió el irritado doctor en su parte.

  Una vía en la mano. Una enfermera bonita (siempre tengo esa suerte). La aguja la pude notar con inusitado detalle; el tiempo se dilató para concederme la gracia de sentir cómo el metal se introducía en mi vena y avanzaba trabajosamente por su interior. Me quejé poco, pues pese a mi color amarillo y mi estúpida charla quería dejar buena impresión en la joven. También me dieron, ahora recuerdo, un par de pastillas, y fui a mear un par de veces. Me iba encontrando mejor, más soñoliento, pero aún rajaba sin parar sobre la miríada de percepciones y faltas de las mismas que me habían recorrido, y no podía dejar de mover mis pies con ritmo balcánico. Me percaté de que las posibilidades de que mi vida tuviese tan estúpido final habían caído en picado, pues estaba en un hospital y había sido medicado. Me sentía orgulloso de mi tótem, el animal sagrado que se había encargado de todo mientras Yo me debatía en alguna sala de mi interior, desesperado por tratar de sentir como normalmente sentimos los actos de respirar, beber, hablar, latir.

  Todo estaba pasando, finalmente. Noté como las imágenes de dos cerebros que hasta ahora solo se tocaban por los extremos se superponían una sobre la otra hasta formar uno solo. Moví mi brazo conscientemente, como un director de orquesta, disfrutando de la sensación de querer hacer algo y verlo hecho con Todo mi yo; mis dos yoes actuando al unísono. Ya estaba. Era el final de esa pesadilla. ‘Psicosis por cannabinoides’, dejó escrito el doctor. 

 Me despedí mentalmente de la hormiga que paseaba por el suelo, que aún hoy creo real.

martes, 1 de enero de 2019

El idioma de la cultura


   La cultura es un idioma, un lenguaje. Crea y es conformada por vocabulario, gramáticas, usos. Sin un hábito y disfrute de la misma es complejo entenderla cuando la escuchas o la lees; mucho más lo es hablarla. Hay películas que no pueden asimilarse sin una cierta cultura, así como letras de canciones y, por supuesto, libros; desconocido el vocabulario, carecen de sentido. Me doy así cuenta de que la cultura es como cualquier otro idioma. De ser un código no compartido, puede separar a personas que, de otra manera, podrían entenderse con su lenguaje habitual: crea una especie de niebla entre ellas, incomprensión; hace aburrida o infructuosa la comunicación. Por el contrario, individuos cuya habla empezó a distanciarse en Babel hallarán, si han aprendido el lenguaje de la cultura, que tienen gran interés en lo que el otro pueda decir.

Librería de Liverpool. Interior (fotografía del autor)

miércoles, 19 de diciembre de 2018

El error

  
Cst andaba por el asfalto para esquivar los coches mal aparcados y la mayoría de botellas rotas. Iba fijándose en el suelo por si encontraba algún billete y para evitar las minúsculas particulas de agua que le harían parpadear a cada momento. Las luces de las vías del tren, diez metros más arriba, servían para apartar la general oscuridad. Cst no estaba preocupado por las sombras entre los coches y tras los salientes de los muros, pues recorría esas calles cada día y contaba con la tranquilidad que da la costumbre. Ese fue su segundo error.

Fotografía del autor. Birmingham
  Nada más girar para adentrarse bajo uno de los enormes arcos de ladrillo que evitaban el paso de toda luz, y justo cuando pensaba en qué trabajo preferiría tener en lugar de aquel al que se dirigía, algo le golpeó en el pecho con la fuerza de un saco de harina lanzado a propósito. Si alguna vez no ves venir un saco de harina contra tu pecho sabrás de lo que estoy hablando. 
  
  Cst se dobló un tanto expulsando más aire del que llevaba dentro -quedaba, así, como en deuda; otra más-, trastabilló hacia atrás dos pasos, alzó la vista con la mayor cara de tonto que se haya visto desde Claudio y, sólo cuando vio al enorme canguro con sus guantes de diez onzas crujir las cervicales y enseñar los dientes por su izquierda, se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. 

  Fue en ese momento cuando una neutra voz interior le dijo, entre los pinchazos de dolor en el esternón y los más antiguos gritos de 'huye', 'corre' y 'sube a un árbol', que acostarse con Jenny Canguro, hija del famoso tricampeón Márquez Corazónquenosiente, había sido una inexcusable estupidez.




miércoles, 28 de noviembre de 2018

Ah, las vueltas

  Dejar dinero en una noche de ballet acompañado, o en una comida con tu nuevo compañero saharaui, es disfrutar de nuevo. Cortar veinte kilos de calamares, exponer ante los compañeros sobre los efectos que el cese de soberanía tiene sobre los nacionalismos alternativos, ganar flexibilidad con patadas laterales, encontrar un pub con graffitis fosforescentes y música gangsta donde te hacen reir de tu propia estupidez... de nuevo. Viejas conocidas se combinan con novedades totales en una tierra que no es la mía ni la suya, hogar de muchos que pese a todo preferirían estar bajo cielos más amables. Y yo pienso y pienso y pienso mientras vivo y me sorprendo. Temo mientras abrazo y sonrío que malos tiempos estén por llegar, justo cuando mis estados personales están en paz unos con otros. Las mentes humanas pueden combinarse para invocar el huracán, y cada vez más lo atraen simplemente hablando de él. Le rezaría a cualquier dios que quisiese impedirlo. Aprendería cualquier idioma para convencerle.

Fotografía del autor, Birmingham.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Alter

La ingorancia juega en contra de la piedad
y vivimos ignorantes
de nuestras fronteras.
Las de nuestros mares y carreteras,
las de nuestros barrios,
puertas,
las de nuestras cárceles
y mataderos.

Vivimos ignorando a nuestros semejantes
parando atención en lo que los distingue
de nosotros:
en cuanto nos hace únicos.

Nos han convertido,
nos hemos convertido
en Individuos,
suscritos a lo conveniente
para mí.

Y cuando lo que es tuyo
no esté bien, amigo,
¿en quién buscarás cobijo?
¿Lograrán los gritos conmover
tus hoy seguras paredes?

martes, 16 de octubre de 2018

Requiem


Fuera llueve. En el aula, una chica se lamenta continuamente de la situación en Estados Unidos -desde donde ella ha venido a Inglaterra a atender un máster en lo que se decide por otro; quiere trabajar en la ONU.
  Lamenta que la gente sea tan estúpida como para votar a Trump. Lamenta que los blancos sean tan estúpidos como para tratar mal a los negros. Nos pregunta por qué a nivel internacional unos Estados se aprovechan de la debilidad de otros. Se queja de que los tabloides sensacionalistas en Reino Unido hablen mal en sus portadas de los inmigrantes, de los refugiados, de los musulmanes. Declara que venimos a estudiar a vuestras universidades, pagamos mucho dinero, y vosotros (los ingleses; la profesora, de origen pakistaní, resulta indirectamente acusada) no hacéis más que hablar mal de los no ingleses. El punto en que la situación de esta estudiante se asemeja a la de la mayoría de inmigrantes no queda claro.
  Ella no necesita levantar la mano para hablar, lo que denota su costumbre de ser escuchada. Cree que cuanto piensa u opina es importante, y por eso acapara buena parte del tiempo de las clases dando voz a su inteligencia. La profesora, como los otros estudiantes, no se opone a la injusticia. Los compañeros lo comentan fuera del aula, "qué odiosa es esta chica", pero nada más. Son el futuro de la política europea.

Es triste que estos estudiantes de "políticas" sean tan jóvenes. De haber tenido unos años más quizás atesorarían algo de roce con el pensamiento marxista. Siquiera un poquito. No hace daño. 
  Discutiendo con la aristócrata arriba descrita me dí cuenta de algo: quienes como ella se quejan de cuantos culpan de sus problemas a "los otros" como parte de sus programas políticos y propagandísticos, a su vez se incluyen en un segmento concreto y se victimizan respecto a, cuidado, otros grupos vistos como -al menos intelectualmente- inferiores. Así, el problema de Estados Unidos es que todos oprimen a los negros, y como nuestra estudiante-visitante en Reino Unido tiene la piel de ese color, es una víctima. En ningún caso lo es del sistema: lo es del racismo blanco. Y eso lo acapara todo.
  Intento razonar con ella siguiendo una idea lanzada por la profesora poco antes, la del contexto, y la amplia mira que da el estudio de la historia. No seas presentista, le digo. Se trata de relaciones de poder, de discursos y de modificación de las percepciones. En el Imperio otomano los más blancos eran muy valorados como esclavos. Hay aquí algo más en juego que el racismo y la xenofobia con que los populistas mueven a las masas más golpeadas por el desempleo. Y tú, de paso, estás cayendo en su juego, al no querer mirar al bosque.
  Es inútil, no hay nada que hacer. En sus divagaciones pasa de un tema al siguiente hasta acabar a pársecs del argumento inicial. Doy el caso por perdido y espero que la vida se encargue de enseñarle algo, como aun tendrá que hacer conmigo.

Lo bueno de esta breve discusión es que me hace pensar un poco más en el significado de todo ello: la belleza de una ideología cuasi religiosa que identificaba a una clase -transnacional y transracial- en clave de lucha con otra clase, la explotadora; belleza ahora aumentada cual la de las construcciones antiguas poco a poco engullidas por las arenas del tiempo.

Los billonarios no tienen etnia ni religión ni nacionalidad que les separe. Se llevan bien con aquellos que comparten sus intereses, alrededor del globo. Empatizan. Es la fórmula del éxito. 
  La otra clase, sin embargo, llamémosla media y/o trabajadora, sigue consumiendo los discursos autoinmoladores de raza, religión y victimismos varios. En tiempos de crisis los degusta con especial ahínco. Engulle identidades excluyentes. Se divide en taifas. El desempleado italiano se ve amenazado por el refugiado sirio, el yankee por el hispano, el pobre por el más pobre. Nadie se ve amenazado por las tendencias sistémicas que generan desempleo o conflictos armados. Aquello es cosa de rojos, y fue con puntería lanzado al cajón de los anacronismos para beneficio del discurso único. La oposición romántica o utópica a este Discurso ya no queda en los guantes de una clase obrera sin fronteras, sino en los del fascismo, el extremismo religioso y sus combinaciones. Diferencia y miedo. Para mí algo de nostalgia.

Los jóvenes privilegiados venidos de la Europa y la América a estudiar sobre las fuerzas que gobiernan el mundo ni siquiera saben de qué les hablas cuando les hablas de todo esto. Y uno piensa, con fundación, que la batalla ha terminado y que los viejos Titanes han sido machacados por unos cuantos Olímpicos con mejores estrategias y medios.



martes, 9 de octubre de 2018

Una vieja conocida

De nuevo anudo la correa al cuello
y la ato al mástil del bailante barco.
Observaré lo que de otra forma no vería,
mas no dirigiré la nave
y pagaré el precio de no escoger
dónde fijarme,
hasta un punto.

Un viaje de un solo año,
con fuerte trabajo a bordo,
y vaivén, bamboleo, balanceo;
acabaré con la vista más nublada,
pero, quizás, pudiendo ver más lejos.

La nao Academia tendrá un día que atracar,
para, como siempre, dejar lo que vino a dejar.
Ahí es cuando me escabulliré
au revoir, amici,
y buscaré en cualquier otro lugar.

¡Caramba! ¡El desierto o una selva,
pero no otra vez el mar!

lunes, 20 de agosto de 2018

Fundido en blanco

Imagina el sexo de quienes de verdad se aman,
maravilla que no por terminar deja paso al vacío.
La experiencia de dormir entonces
debe ser lo que más nos acerca
a aquel vientre originario.
Es este un suceso que, como cualquier ente vivo,
está destinado a su final.
Pero cuántas veces han poblado los amantes
el mundo con sus sonrisas,
que contemplan entre lágrimas a quien semeja
-siquiera temporalmente-
una aparición que siempre estuvo cerca,
como conocida de otras vidas.
Estos ritos pueblan
el mundo
como las estrellas se acumulan
sobre los campos verdes agitados
por una brisa suave,
al sonido de instrumentos de cuerda
que también emocionaron
y lo harán.

Dónde queda nuestro contacto con lo extraño
en las ciudades.
La sensación de encogimiento que podemos sentir
junto a una hoguera, bajo el cielo estrellado,
cuando la voz de un amigo
parece todo
Fotografía del autor. Baden-Baden
lo que hay
bajo el firmamento.
La astilla que explota
te devuelve al instinto
y la imaginación se acrecienta
al tratar de elucubrar
qué habrá en el negro bosque.

La música, el amor, el miedo primitivo,
la fascinación por lo pequeño, las hormigas que marchan ocupadas,
o por lo lejano, los astros que podemos ver y que distan imposibles
de nosotros,
como vecinos de los que jamás tendremos noticia.

Es todo fascinante
la matemática en una sinfonía
que...
¿qué?

- Turbio, que mejor me alcances esa pipa. Tú no fumas más. Mañana nos van a dar por todos lados. Y después toca limpieza a fondo, que vienen los de inspección el lunes. Así que... ale, tú veras lo tarde que te acuestas. Fuera de mi cuarto.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Entre un árbol y un puente


Poesía como forma
de ser;
la que escribes es la punta de iceberg.

El verde en eterno conflicto con el gris
ciudad;
dónde estaríamos sin su lucha
ahora.

Respeta lo pequeño
pues pequeño eres
y menudo te verás
tarde o temprano.

Los comportamientos
cambian
pero es extraordinario que lo haga
la esencia.

La dignidad humana
se mide con su indignidad.
Lujos indignos
y privaciones heroicas.

Leer
atesora tan pocos
adictos.
Será porque es difícil
leer cansado, drogado, bebido, estresado,
carente de imaginación
y voluntad
y amor por la potencia
Humana.

lunes, 30 de julio de 2018

Diarios de Birmingham II


  El soñador a su pesar se sorprende sentado a una vieja mesa, sobre una silla vieja, frente a su ordenador, junto a unos libros. Las tres paredes que le enmarcan exponen clavos vacíos, un reloj de bajo gusto parado a las nueve y un minuto, escayola levantada sobre el ladrillo en las partes en que aquella se acerca a la madera. Un par de talismanes que él mismo puso ahí. Una ventana con cráteres sobre los que se siguió aplicando pintura. Una lámpara en el techo con forma de tarta invertida, que da una buena luz cuando al día sigue la noche. El crédulo cínico se sorprende de lo repetido de su presente situación (libros, soledad, luz blanca) pese  a lo novedoso de la misma. Ya no está en su lugar, en el que fue su lugar. Ahora está en otro, más gris, con gaviotas y cuervos, más idiomas, religión, arañas, agua en el suelo. Sus ojos contemplan los mismos miles de ladrillos que muchos obreros contemplaron al dirigirse, como él, a sus jornadas laborales. Ahora hay más coches –demasiados–, más gente  –demasiado gorda–, más teléfonos, más plástico en el suelo. Da la sensación de ser un bosque de ladrillo que, como el de planta, ha visto cambiar la vida a su alrededor durante los últimos cientos de años. La razón de ser de este mundo es, probablemente, ninguna. Cuanto mayor es la claridad de este mensaje, más crece la necesidad humana de inventarse viejos cuentos, buscar refugio en nuevas fes personales, grupales para cerciorarnos de que no estamos locos. Compra, cree, exhibe. Todo es compatible. Todo puede serlo. Sonríe y mata. Baila sin saber quién eres. Píntate otra raya. Alejemos de nosotros esa carga que llamamos alma y que no es más que la inteligencia queriendo ser sincera. 

  El hombre al que observamos se envejece, mas vive varias vidas dentro de sí. Le gusta la mesa sobre la que escribe, le gusta encontrarse solo, y le gustaría encontrarse en compañía. ¿Qué es lo que realmente nos satisface? ¿Y cuál es su esperanza de vida? Si el ser humano se crea nuevas necesidades, la del cambio permanente es una de ellas. Hablo de un cierto ser humano, el homo decadentis, aquel que conoce el lujo de confundir hambre con apetito, poder con posesión y gritos con silencio. Si estás leyendo esto, sonríe: eres parte de lo nuevo, sujeto y objeto de consumo con el potencial de ser prontamente remplazado por versiones más ciegas, sordas y mudas. También tú temes lo que el mar esconde y prefieres al faraón, y pronto lo dirán las revistas más leídas: la ignorancia es saludable al pobre como al que posee. Situémonos, pues, entre los bienaventurados. En seguida nos acompañará el joven que escribe, quien ya se rasca la amplia frente y la nariz no menos amplia, señal inequívoca del agotamiento de su voluntad para seguir formulando sinsentidos.

Fotografía del autor. Birmingham, UK